martes, 31 de octubre de 2017

Mi primer cuentirijillo


Por Florencia Ayelén Medina

Ojos dorados

Eran las doce en punto de la noche.

María estaba mirando por una de las ventanas del departamento, con su pelo azabache y ondulado cayendo sobre sus brazos relajados que descansaban sobre el marco blanco de la ventana. Era una noche oscura, lluviosa y eléctrica que nos tomó desprevenidas dejándonos sin luz lo que restó de las horas antes del amanecer.

Ella parecía estar disfrutando la vista de esa noche tormentosa, los relámpagos, el viento y la lluvia que golpeaban contra el cristal, y los constantes truenos que  a mí me hacían estremecer de miedo.

A esas alturas, de no tener luz hacía más de cuatro horas, mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad total e intentaba arreglarme con la pobre luz que venía de la calle ya que se nos habían acabado las velas y ningún negocio estaba abierto como para ir a comprar algunas de urgencia. Esa noche muchas cosas nos jugaron en contra, por lo tanto no hicimos más que sentarnos frente a la única fuente de luz en silencio. Ella se veía ausente, perdida en aquel cielo purpúreo y nuboso.

Al mismo tiempo parecía estar esperando algo, pero no podía descifrar qué.

Otro trueno cayó y el sonido eléctrico, que hizo temblar el vidrio, me hizo estremecer en un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Me abracé a mí misma intentando calmar el temblor y  también tratando de no interrumpir aquel rito frente a ese diluvio que ella parecía disfrutar tanto. Estaba tan quieta mirando la lluvia caer que por un momento pensé que se había quedado dormida sobre el marco de la ventana.

De pronto me detuve a observar que en el reflejo del vidrio había algo amarillo que resplandecía. Fijé más la vista, intentando saber qué eran esas dos pequeñas esferas amarillas pegadas al vidrio que se destacaban de la oscuridad del exterior. Me acerqué y noté que eran dos ojos, más bien, el reflejo de dos ojos en el cristal, lo cual significaba que los únicos ojos que podían reflejarse en aquel espacio eran los de María.

Anonadada, no podía dar crédito a lo que veía. No entendía qué estaba pasando ¿por qué sus ojos habían adquirido esa tonalidad tan extraña si eran más oscuros que la noche? Contrariada y todo no podía dejar de observarlos en el vidrio. Estaba sorprendida y la cabeza no dejaba de darme vueltas. Seguramente mi mala vista me estaba jugando una mala pasada y estaba alucinando de alguna manera.  

Miedo no sentía, había algo en su mirada concentrada en la lluvia torrencial que me tranquilizaba. Tal vez estaba soñando, me dije nuevamente una y otra vez. Me restregué los ojos con los dedos para aclarar mi pobre vista, pero cuando volví a fijarme en sus ojos ella ya me estaba devolviendo la mirada.

Notó que la observaba helada y perpleja. Clavó sus orbes en los míos a través del cristal. Su mirada no era inquietante ni me daba miedo, pero no podía dejar de preguntarme qué estaba pasando. Y quería también preguntarle a ella qué le había pasado en los ojos y por qué los tenía de esa manera. Mas no pude emitir sonido alguno ya que había algo en mi interior que me decía que debía mantener el silencio que hasta ese momento habíamos guardado.

Se dio vuelta lentamente sin dejar de mirarme a través del vidrio empapado por la lluvia y por un momento cerró los ojos mientras lo hacía. Rogué en ese microsegundo que cuando los volviese a abrir todo iba a volver a la normalidad. Pero los abrió de vuelta y allí estaban, dos ojos dorados, felinos y salvajes mirándome fijamente, ya no a través de un cristal, sino frente a frente, estábamos a centímetros una de la otra y podía sentir cómo su respiración se aceleró repentinamente cuando miré fijamente a sus ojos.

No por miedo, pero sí por perplejidad me alejé un poco para observarla mejor con la poca luz que entraba por la ventana. Era ella, seguía siendo ella sin dudarlo, pero solo habían cambiado sus ojos y la forma en la que me miraba. Como hambrienta.

Quería preguntarle por qué los tenía de esa manera pero no podía dejar de mirarlos, era como si un imán me atrajera hacia su interior. Incapaz de apartar la mirada sentí como una sensación feroz y animal se apoderaba de mí. Ella se fue sacando la ropa, sin dejar de mirarme ni por un segundo, y yo hice lo mismo. Todo mi ser clamaba por besarla, tocar su piel y abrazarla con fuerza. Todo mi ser se había transformado en una fiera incontenible que deseaba a esa hembra que tenía enfrente.

Apenas se sacó la última prenda yo me abalancé sobre ella y bese sus labios con fuerza aferrándome a su cuerpo. Ella posó sus manos en mi espalda, recorriendo los omóplatos y la longitud de mi columna vertebral hasta llegar a mis nalgas. Me arañó repetidamente en varias partes de la espalda y la cintura pero no llego a hacerme daño. Parecía controlarse.

Me desprendí de su boca y la miré a los ojos poniendo ambas manos a los lados de su rostro, esos orbes parecían brillar aún más por la excitación y se clavaron en mi cuello desprevenido que, acto seguido, fue apresado por sus dientes y sus caninos sobresalientes que, no llegaron a hacerme sangrar, pero dejaron una marca notable y morada.

Poco me importó y la arrastré a nuestra habitación, entre besos desesperados, sedienta de ella.

Sin dejar de mirarnos a los ojos nos recostamos y luego todo se volvió confuso. Lo único que recuerdo es el abanico de sensaciones que se apoderó de mi cuerpo. Pulsaciones de placer desde la punta de los pies hasta el último pelo ceniciento de mi cabeza en pos de cada beso húmedo que me daba, cada roce de su cuerpo sudoroso contra el mío, cada mordida salvaje que me propinaba en distintos puntos de mi cuerpo. Recuerdo que me arqueaba con cada oleada de placer, y que yo también la mordía y la rasguñaba obedeciendo ciegamente a mis instintos animales.

Después de llegar innumerables veces al orgasmo, me recosté rendida en las sábanas desordenadas y me quedé profundamente dormida. Lo último que recuerdo de aquella noche es la calidez del cuerpo de María abrazándome y entrelazando su mano con la mía mientras la lluvia seguía golpeando contra los cristales de la ventana.

Al día siguiente desperté arropada entre las sábanas y las mantas desordenadas. Miré a mi alrededor buscando a María, todas sus pertenencias seguían en su lugar, pero no había rastro de ella en todo el departamento.

Desde aquella noche que no volví a verla. Después de dos días de no saber de ella, de llamarla al celular y no recibir respuesta alguna, fui a la policía para hacer la denuncia para ver si podían hacer algo. Después de hacer todas las denuncias y los trámites pertinentes por su desaparición me enteré por varios vecinos que aquella noche, luego de nuestro encuentro íntimo y la posterior desaparición de María, muchos animales del barrio fueron encontrados con heridas gravísimas. La mayoría todavía vivía pero hubo un par que no encontraron sus cuerpos y especulan que fueron devorados por un animal enorme desconocido.

Pasaron dos meses desde la última vez que había visto a María. Ya no tenía esperanza alguna de volver a verla. No sabía si estaba viva, si estaba muerta, no sabía nada de ella. Ya no sabía qué más hacer.

Cuando volví al departamento, luego de hacer otra denuncia, la quinta tal vez, ya había anochecido, el cielo por suerte estaba despejado y  dejaba que la luna llena brillase en todo su esplendor junto a las tantas estrellas que se agolpaban a su alrededor.

Al doblar en la última esquina antes de llegar al edificio divisé una figura difusa, no era de una persona sin lugar a dudas, estaba agazapada y era completamente negra.

A medida que la distancia se acortaba entre esa criatura y yo, pude divisar que era un felino muy enorme, más grande que un gato evidentemente porque tenía uno enfrente suyo que no dejaba de gruñirle y claramente había una diferencia abismal de tamaño entre ambos.

Desafortunadamente la criatura se encontraba a unos pasos de la entrada de mi edificio, por lo tanto tenía que pasar entre ese animal enorme para llegar a mi hogar.

Me paré exactamente en la última esquina antes de mi edificio, iluminada apenas por un haz de luz proveniente de un único farol en toda la cuadra. Me dispuse a observar bien a la bestia, con forma de pantera o algún felino muy grande, que tenía casi enfrente mío apenas separado por una calle angosta. Tenía las características exactas de una pantera, pero mucho más grandes de lo normal. El animal alzó la vista, yo lo miré directo a los ojos presa del miedo de que me ataque, y por un momento me olvidé lo que era respirar.

Cuando volví a respirar mi cuerpo se relajó y mi angustia se transformó en felicidad. El mundo alrededor nuestro quedó en silencio, no se escuchaba sonido alguno. La tierra y toda la vía láctea parecieron detenerse mientras mi cuerpo ansiaba por abrazar aquella figura divina que se encontraba a unos pocos metros de mí.

Mis labios formaron una sonrisa y de mis ojos brotaron lágrimas perladas. Reconocí esa mirada al instante.

Mi preciosa y salvaje María me observaba del otro lado de la calle con esos ojos dorados anhelantes que resplandecían en la oscuridad de esa noche estrellada.




No hay comentarios:

Publicar un comentario