Por Florencia
Ayelén Medina
Ojos dorados
Eran las doce en punto de la noche.
María estaba
mirando por una de las ventanas del departamento, con su pelo azabache y
ondulado cayendo sobre sus brazos relajados que descansaban sobre el marco
blanco de la ventana. Era una noche oscura, lluviosa y eléctrica que nos tomó
desprevenidas dejándonos sin luz lo que restó de las horas antes del amanecer.
Ella parecía estar disfrutando la vista
de esa noche tormentosa, los relámpagos, el viento y la lluvia que golpeaban
contra el cristal, y los constantes truenos que a mí me hacían estremecer
de miedo.
A esas alturas, de no tener luz hacía más
de cuatro horas, mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad total e
intentaba arreglarme con la pobre luz que venía de la calle ya que se nos
habían acabado las velas y ningún negocio estaba abierto como para ir a comprar
algunas de urgencia. Esa noche muchas cosas nos jugaron en contra, por lo tanto
no hicimos más que sentarnos frente a la única fuente de luz en silencio. Ella
se veía ausente, perdida en aquel cielo purpúreo y nuboso.
Al mismo tiempo parecía estar esperando
algo, pero no podía descifrar qué.
Otro trueno cayó y el sonido eléctrico,
que hizo temblar el vidrio, me hizo estremecer
en un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Me abracé a mí misma
intentando calmar el temblor y también tratando de no interrumpir aquel
rito frente a ese diluvio que ella parecía disfrutar tanto. Estaba tan quieta
mirando la lluvia caer que por un momento pensé que se había quedado dormida
sobre el marco de la ventana.
De pronto me detuve a observar que en el
reflejo del vidrio había algo amarillo que resplandecía. Fijé más la vista,
intentando saber qué eran esas dos pequeñas esferas amarillas pegadas al vidrio
que se destacaban de la oscuridad del exterior. Me acerqué y noté que eran dos
ojos, más bien, el reflejo de dos ojos en el cristal, lo cual significaba que
los únicos ojos que podían reflejarse en aquel espacio eran los de María.
Anonadada,
no podía dar crédito a lo que veía. No entendía qué estaba pasando ¿por qué sus
ojos habían adquirido esa tonalidad tan extraña si eran más oscuros que la
noche? Contrariada y todo no podía dejar de observarlos en el vidrio. Estaba
sorprendida y la cabeza no dejaba de darme vueltas. Seguramente mi mala vista
me estaba jugando una mala pasada y estaba alucinando de alguna manera.
Miedo no sentía, había algo en su mirada
concentrada en la lluvia torrencial que me tranquilizaba. Tal vez estaba
soñando, me dije nuevamente una y otra vez. Me restregué los ojos con los dedos
para aclarar mi pobre vista, pero cuando volví a fijarme en sus ojos ella ya me
estaba devolviendo la mirada.
Notó que la observaba helada y perpleja.
Clavó sus orbes en los míos a través del cristal. Su mirada no era inquietante
ni me daba miedo, pero no podía dejar de preguntarme
qué estaba pasando. Y quería también preguntarle a ella qué le había pasado en
los ojos y por qué los tenía de esa manera. Mas no pude emitir sonido alguno ya
que había algo en mi interior que me decía que debía mantener el silencio que
hasta ese momento habíamos guardado.
Se dio vuelta lentamente sin dejar de
mirarme a través del vidrio empapado por la lluvia y por un momento cerró los
ojos mientras lo hacía. Rogué en ese
microsegundo que cuando los volviese a abrir todo iba a volver a la normalidad.
Pero los abrió de vuelta y allí estaban, dos ojos dorados, felinos y salvajes
mirándome fijamente, ya no a través de un cristal, sino frente a frente,
estábamos a centímetros una de la otra y podía sentir cómo su respiración se
aceleró repentinamente cuando miré fijamente a sus ojos.
No por miedo, pero sí por perplejidad me
alejé un poco para observarla mejor con la poca luz que entraba por la ventana.
Era ella, seguía siendo ella sin dudarlo, pero solo habían cambiado sus ojos y
la forma en la que me miraba. Como hambrienta.
Quería preguntarle por qué los tenía de
esa manera pero no podía dejar de mirarlos, era como si un imán me atrajera
hacia su interior. Incapaz de apartar la mirada sentí como una sensación feroz
y animal se apoderaba de mí. Ella se fue sacando la ropa, sin dejar de mirarme
ni por un segundo, y yo hice lo mismo. Todo mi ser clamaba por besarla, tocar
su piel y abrazarla con fuerza. Todo mi ser se había transformado en una fiera incontenible
que deseaba a esa hembra que tenía enfrente.
Apenas se sacó la última prenda yo me
abalancé sobre ella y bese sus labios con fuerza aferrándome a su cuerpo. Ella
posó sus manos en mi espalda, recorriendo los omóplatos y la longitud de mi
columna vertebral hasta llegar a mis nalgas. Me arañó repetidamente en varias
partes de la espalda y la cintura pero no llego a hacerme daño. Parecía
controlarse.
Me desprendí de su boca y la miré a los
ojos poniendo ambas manos a los lados de su rostro, esos
orbes parecían brillar aún más por la excitación y se clavaron en mi cuello
desprevenido que, acto seguido, fue apresado por sus dientes y sus caninos
sobresalientes que, no llegaron a hacerme sangrar, pero dejaron una marca
notable y morada.
Poco me importó y la arrastré a nuestra
habitación, entre besos desesperados, sedienta de ella.
Sin dejar de mirarnos a los ojos nos
recostamos y luego todo se volvió confuso. Lo único que recuerdo es el abanico
de sensaciones que se apoderó de mi cuerpo. Pulsaciones de placer desde la
punta de los pies hasta el último pelo ceniciento de mi cabeza en pos de cada
beso húmedo que me daba, cada roce de su cuerpo sudoroso contra el mío, cada
mordida salvaje que me propinaba en distintos puntos de mi cuerpo. Recuerdo que
me arqueaba con cada oleada de placer, y que yo también la mordía y la
rasguñaba obedeciendo ciegamente a mis instintos animales.
Después de llegar innumerables veces al
orgasmo, me recosté rendida en las sábanas desordenadas y me quedé
profundamente dormida. Lo último que recuerdo de aquella noche es la calidez
del cuerpo de María abrazándome y entrelazando su mano con la mía mientras la
lluvia seguía golpeando contra los cristales de la ventana.
Al día siguiente desperté arropada entre
las sábanas y las mantas desordenadas. Miré a mi alrededor buscando a María,
todas sus pertenencias seguían en su lugar, pero no había rastro de ella en
todo el departamento.
Desde aquella noche que no volví a verla. Después de dos días de no saber de ella, de llamarla
al celular y no recibir respuesta alguna, fui a la policía para hacer la
denuncia para ver si podían hacer algo. Después de hacer todas las denuncias y
los trámites pertinentes por su desaparición me enteré por varios vecinos que
aquella noche, luego de nuestro encuentro íntimo y la posterior desaparición de
María, muchos animales del barrio fueron encontrados con heridas gravísimas. La
mayoría todavía vivía pero hubo un par que no encontraron sus cuerpos y
especulan que fueron devorados por un animal enorme desconocido.
Pasaron dos meses desde la última vez que
había visto a María. Ya no tenía esperanza alguna de volver a verla. No sabía
si estaba viva, si estaba muerta, no sabía nada de ella. Ya no sabía qué más
hacer.
Cuando volví al departamento, luego de
hacer otra denuncia, la quinta tal vez, ya había anochecido, el cielo por
suerte estaba despejado y dejaba que la luna llena brillase en todo su
esplendor junto a las tantas estrellas que se agolpaban a su alrededor.
Al doblar en la última esquina antes de
llegar al edificio divisé una figura difusa, no era de
una persona sin lugar a dudas, estaba agazapada y era completamente negra.
A medida que la distancia se acortaba
entre esa criatura y yo, pude divisar que era un felino muy enorme, más grande
que un gato evidentemente porque tenía uno enfrente suyo que no dejaba de
gruñirle y claramente había una diferencia abismal de tamaño entre ambos.
Desafortunadamente la criatura se
encontraba a unos pasos de la entrada de mi edificio, por lo tanto tenía que
pasar entre ese animal enorme para llegar a mi hogar.
Me paré exactamente en la última esquina
antes de mi edificio, iluminada apenas por un haz de luz proveniente de un
único farol en toda la cuadra. Me dispuse a observar bien a la bestia, con
forma de pantera o algún felino muy grande, que tenía casi enfrente mío apenas separado por una calle angosta. Tenía las
características exactas de una pantera, pero mucho más grandes de lo normal. El
animal alzó la vista, yo lo miré directo a los ojos presa del miedo de que me
ataque, y por un momento me olvidé lo que era respirar.
Cuando volví a
respirar mi cuerpo se relajó y mi angustia se transformó en felicidad. El mundo
alrededor nuestro quedó en silencio, no se escuchaba sonido alguno. La tierra y
toda la vía láctea parecieron detenerse mientras mi cuerpo ansiaba por abrazar
aquella figura divina que se encontraba a unos pocos metros de mí.
Mis labios formaron una sonrisa y de mis
ojos brotaron lágrimas perladas. Reconocí esa mirada al instante.
Mi preciosa y salvaje María me observaba
del otro lado de la calle con esos ojos dorados anhelantes que resplandecían en
la oscuridad de esa noche estrellada.
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